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Los insecticidas llegaron a mediados de los cincuenta y el campo empezó a llenarse de venenos.La revolución insecticida y el progreso

10/10/2006¬Los insecticidas llegaron a mediados de los cincuenta y el campo empezó a llenarse de venenos.

Los más jóvenes no conocieron la década de los cincuenta. Por aquellos tiempos se trampeaba, en cada pueblo no faltaba quien o quienes muchos días a lo largo de todo el año ponían las costillas, perchas y lazos para toda clase de pajarillos y conejos, y en muchos hatos del campo tenían cepos que no paraban, hoy aquí y mañana allí. Pues bien, en tal situación, y así las cosas, había infinitamente mucha más caza que hoy, pese a que la «mixo» ya llevaba varios años haciendo estragos en los conejos. Eran los años en que en cualquier lugar de todos los pueblos para colgar dos o tres docenas de zorzales sólo había que llevar cartuchos y elegir los que pasaran mejor. Y si se elegía un paso querencioso con cartuchos bastantes era fácil bajar cien o doscientos. También por aquellos años un buen paso de tórtolas nos dejaba sin cartuchos, y para que no faltase nada, en la media veda muchos igualones de perdices y muchas liebres y conejos fueron cazados todos los días de la semana. A pesar de todo ello —que llamaríamos ahora barbaridades— la caza se sostenía, y al año siguiente había la misma en todos los terrenos libres, no digamos ya en los cotos. Y no hablemos de los pajarillos, que ni los insectívoros estaban a salvo de trampas, redes y otras artes, incluida la de plomillos con la linterna. Pero llegaron los insecticidas a mediados de los cincuenta y el campo empezó a llenarse de venenos. Sus víctimas inmediatas fueron las palomillas, langostas, cigarras y saltamontes, grillos y restantes gusanos e invertebrados. Y tras ellos los insectívoros, pequeñas rapaces, cernícalos o primillas, águilas menores y aguiluchos, no escapando bandos enteros de perdices cuyos pollos se atiborraban de los insectos fáciles que encontraban servidos al siguiente día de los tratamientos. Hoy ya no se usa el DDT, pero en su lugar se han multiplicado infinidad de productos con los mismos efectos finales, que incluso en los frutales y hortalizas hablan en sus etiquetas de precauciones de manejo y de días de seguridad para el consumo. Los infinitos bandos de alondras y cogujadas fueron historia al igual que los cernícalos que sobrevolaban campanarios y viejos tejados de iglesias y naves de cada pueblo. La caza no se libró de los efectos finales. Por ello, porque a pesar de todas las «medidas» se sigue envenenando el campo a lo largo de todo el año, los resultados finales son los que tenemos, y así seguiremos con poblaciones al borde de la extinción, unas antes y otras después. El campo es más aséptico, pero está cada vez más envenenado. Y en ese mundo lo único que prospera es el rendimiento mercantilista. Añádanse los cultivos de ciclo corto y los métodos industriales para rentabilizar explotaciones y no tardaremos en acercarnos al cuadriculado total, en que las especies no industrializadas cada vez lo tienen más negro. Vista así la situación, de forma global pero real, quizás se llegue a entender la disminución de poblaciones cazables y no cazables, y de camino la aparición de industrias ganaderas para rentabilizar el hueco ofreciendo los gallinos más productivos, rumiantes y chones que más demandados se presenten. A este final se llegará, y desaparecerá la caza caza, sustituida por la caza comercial, porque mientras se sigan con las prácticas mercantilistas de máximos rendimientos, de nada van a servir las limitaciones de días de caza, de especies cazables, y de cupos, porque las medidas adoptadas sobre lo que no tiene más que un bajísimo porcentaje de influencia en las poblaciones no van a resolver la presión de los restantes factores que representan el grueso de la presión que hace disminuir las especies. Las algarabías ecolojetas están por la labor de explotar el momio de las subvenciones con sus ataques a la caza, que le son más rentables y fáciles que coger el toro por los cuernos y atacar el problema real allí donde está. No osarán atacar el envenenamiento de los campos para evitar que se le echen encima las industrias de los venenos repartidos. Tampoco atacarán a quienes lo usan obligados por los rendimientos a obtener. Son cosas de los tiempos del progreso «controlado». Si queremos consolarnos, habremos de conformarnos con decir o pensar que hemos sido testigos disfrutando de la caza antes de que ésta terminara por desaparecer sustituida por el progreso. No se me enfaden los agricultores, que ellos quizás sean el último eslabón víctima de la presión mercantilista. Temo que serán sustituidos por lo que podría llamarse industria agraria, y no agricultura. Ojalá todo sea sólo la sensación de una pesadilla. Juan Jerez / club-caza.com [04/09/2006]

 
     
   
 
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