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Juan Delibes, autor del artículo. SL2Ir a por lana y salir trasquilado

18/04/2004¬Juan Delibes | Director del Canal digital 'Caza y Pesca'.

Mi gran amigo Pablo Capote, diseñador de la revista "Caza y Pesca", me decía: «Procura no contar a nadie esta historia porque probablemente te meterán en el manicomio».

 Hasta ahora apenas he revelado este insólito suceso por la «pereza» que da el saber que hay pocas probabilidades de que te crean y que es un tema en el que tienes más que perder –sobre todo credibilidad– que otra cosa. Pero por más que el hecho es rigurosamente cierto, además de insólito, me veo en el deber de contarlo, a pesar de todo.

Ya lo decía uno de los mejores cazadores de nuestra literatura, Juan Mateos, que «son tan extrañas las cosas que en el monte acaecen que duda uno mucho de creerlas».

No es la primera vez que me suceden cosas similares, y lo que está claro es que la probabilidad de observar o vivir en tus propias carnes experiencias cinegéticas insólitas está estrechamente relacionada a las horas que pases en el campo y a tus dotes para saber observar y «confundirte» con la naturaleza. Y en ese aspecto, modestia aparte, creo que soy un buen alumno.

Era el último día de la campaña primaveral de corzo, último de julio, y acabábamos de vivir un exitoso y apasionante rececho acompañando a Manolo Sanchís –un defensa tan fino forzosamente tenía que ser un buen cazador–.

Por la tarde decidimos internarnos por vez primera en una zona muy agreste y difícil de la montaña leonesa, donde ni siquiera se ha cazado el jabalí por problemas de acceso.

Manolo Sanchís se quedó con nuestro amigo Berto y yo me adentré casi una hora por una escarpada ladera de peñas y bosque. Cuando llegué al lugar menos espeso, me aposenté en una peña con poco terreno abierto a mi alrededor. Dado que era finales de julio y el monte era cerrado, sin apenas visibilidad, hice una prueba con un reclamo de corzo que llevaba en el bolsillo.

A los tres minutos escuché que se aproximaba un ruidoso galope. A 15 metros de mí apareció una preciosa corza rojiza, flanqueada por dos crías ya crecidas. Al verme paró y me miró con las orejas erguidas, comenzando a andar más despacio en mi dirección con ademanes elegantes, casi con el paso de doma de un caballo andaluz.

El animal, que se hallaba ya a menos de 10 metros, permanecía inmóvil y yo pensaba en el susto que se llevaría al descubrirme. Cinco, cuatro... ¡tres metros de distancia!, y la corza se para y se eleva sobre sus cuartos traseros, como los machos monteses cuando pelean. La observo detenidamente y veo que las orejas están erguidas y levemente inclinadas apuntando hacia mí. Emite un sonido gutural, yo diría que amenazador, y de su boca pende un hilo de baba de unos veinte centímetros. Da la sensación de que está realmente enfadada. Yo estoy en todo momento esperando a que dé la vuelta y comience la huida, porque todavía no me puedo creer lo que está ocurriendo. Pero sucede todo lo contrario: la corza continúa avanzando y se para al alcance de mi mano. Como me he dado cuenta de que está de mal humor y no conozco sus intenciones, hundo la boca del rifle en el pecho del animal. No cabe duda de que si fuese una persona se hubiese amedrentado ante mi maniobra, pero está claro que mi corza no sabe si se trata de un rifle o del palo de una escoba, y además debe interpretar mi actitud como una provocación inadmisible.

Vuelve a erguirse sobre dos patas y entonces se deja caer sobre mí pateándome con las pezuñas delanteras sobre el pecho. Completamente desconcertado, y probablemente asustado, pierdo el equilibrio y estoy a punto de irme al suelo. Sujeto de mala manera el rifle cuando ya había caído de mis manos y trato de defenderme. La corza ha volcado la cabeza y el cuello sobre mí, mientras me patea con las pezuñas. Me llena de pelo y babas y yo trato de quitármela de encima golpeándola con el visor, la culata, el puño y lo que puedo, porque estoy desequilibrado.

El cuerpo a cuerpo dura escasos segundos puesto que la corza, probablemente ya convencida de que no soy otro congénere, emprende la huida con uno de sus corcinos –el otro, sorprendentemente, se quedó a mi vera un par de minutos más–.

Con las piernas temblorosas apenas puedo creer lo que me ha ocurrido. La sensación es de susto y por supuesto no se me pasa por la imaginación volver a tocar el reclamo. Han pasado ya algunos meses y soy consciente de que se trata de una de las grandes experiencias de mi vida de cazador.

Tratando de buscar explicaciones a un proceder tan insólito, se me han ocurrido algunas.

Los científicos afirman que las hembras de corzo son asimismo territoriales, como los machos, cosa que he podido comprobar en distintas ocasiones –expulsiones de unas hembras por otras en determinados pastizales, etcétera–.

La época –finales de julio– coincide con el celo del corzo. Aunque no entiendo mucho de reclamo, creo que el chillido que imité es el que lanza la hembra en las persecuciones y cortejos previos a las cópulas. Cabe la posibilidad de que mi llamada fuera interpretada como la de «otra intrusa en celo» dentro de su territorio, lo cual enfadó hasta límites inverosímiles a nuestra protagonista.

Por otra parte, se trata de una zona donde el contacto con el hombre es escasísimo o nulo, por lo que cabe pensar que la desconfianza fuese menor. Además me hallaba parcialmente sentado y en un pequeño desnivel del terreno, con lo que mi tamaño aparente debió ser mucho más reducido a ojos de la corza, cuya cabeza estaba a la altura de la mía en el momento de la agresión.

Konrad Lorenz, el célebre etólogo holandés, lanza acusaciones extraordinariamente duras hacia los corzos, resaltando su extraordinaria agresividad y lo peligrosísimos para las personas que a su juicio resultan los animales en semicautividad. No creo que sea el caso en los ejemplares libres, aunque a partir de ahora lo pensaré dos veces a la hora de tocar el reclamo.

La sensación que tuve al final del suceso fue de desconcierto y susto, pero cuando me recuperé me alegré de haber podido vivir una escena tan increíble y de pensar que nuestra naturaleza, por suerte, no se halla domesticada y sigue siendo impredecible.

Además, creo que en el fondo siempre me gustaron las mujeres con carácter. 



 
     
   
 
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