El escritor leonés Julio Llamazares inauguró el pasado 29 de abril el ciclo “Diálogos de medianoche” en Tudela y al día siguiente realizó un recorrido por Las Bardenas y una breve visita a la catedral.
Resulta extraño recorrer con Julio Llamazares un paisaje desértico como el de Las Bardenas. Sus libros, en los que la memoria y la autobiografía son la principal materia prima, se ubican en las montañas nevadas de su León natal (Escenas de cine mudo) o remontan ríos de olvido hasta reencontrarse con su niñez de inviernos crudos (El río del olvido). Sin embargo, Julio Llamazares se siente pronto cómodo bajo el sol de justicia de Las Bardenas, cuyo paisaje, en el fondo, se asemeja a los paisajes adversos de sus novelas.
"Esto es increíble", dice, “la pena es no tener más tiempo para verlo bien todo. Y para patearme bien Las Bardenas. Los viajes se deben hacer a pie. Andar te da otra perspectiva, mucho más real, más próxima, de los lugares que visitas".
Es sencillo imaginarse a Julio Llamazares como cualquiera de los viajeros que protagonizan sus libros de viajes. Esos viajeros andarines que se detienen a charlar, de igual a igual, con los paisanos. El escritor, por ejemplo, habla Con algunos excursionistas que le reconocen cuando nos bajamos del todoterreno en que viajamos. Algunos estuvieron en la charla del día anterior, en Tudela, en incluso en la de hace 6 ó 7 años en CastelRuiz, a la cual, recuerda el escritor, sólo acudieron 10 ó 12 lectores incondicionales. "Ayer estaba preocupado. Pensaba que no iba a venir mucha gente. Pero la sala se llenó. Estuvo muy bien. Es la primera vez que doy una charla a las 23:30 de la noche, pero estuve a gusto. Siempre he sido noctámbulo”.
Continuamos nuestro viaje. De vez en cuando volvemos a parar y entonces el escritor se imagina a Sanchicorrota, el legendario bandolero que tenía su guarida en Las Bardenas, oculto en alguno de los barrancos a los que nos asomamos. También resulta sencillo imaginar a Sanchicorrota como uno de los personajes de Julio Llamazares. "Siento una fascinación especial por los personajes marginales, en el sentido literal del término, aquellos que se salen del engranaje de la normalidad y se dedican a vivir en los márgenes del sistema. Me parecen personajes mucho más ricos desde el punto de vista narrativo", explica.
Más adelante, de camino ya hacia Tudela, pasamos por la presa del pantano de "El Ferial”. Julio Llamazares, que durante todo el recorrido se ha mostrado dicharachero, permanece ahora en silencio. El pueblo en que nació, Vegamián, fue inundado por otro pantano. Años más tarde, al ser vaciado para subsanar una avería, el escritor pudo regresar por un día. Dicen que a partir de entonces su literatura se volvió más autobiográfica. Cuando unos kilómetros más adelante se lo señalamos dice: "Un hecho como ese, como todo hecho singular, desde luego te marca, aunque es difícil determinar de qué manera. La vuelta a Vegamián fue muy difícil, regresar a la casa en que tú viviste, encontrarla llena de algas... iUf¡".
Llegamos a Tudela. Julio Llamazares quiere hacer una rápida visita a la catedral. Está preparando un libro titulado Viaje a las catedrales de España, por las que siente la misma atracción que por los ferrocarriles, por oficios en vías de extinción (herreros, feriantes, o canteros -de hecho, en su visita a la seo de Tudela habló con uno de ellos-), por todo cuanto se desvanece y al tiempo se resiste a desaparecer.
A las puertas de la catedral nos recibe Julio Segura, el archivero municipal. Llamazares bromea con él recordándole su sorprendente parecido con Benjamín de Tudela. Después nos adentramos en el templo, que está en puro esqueleto, en pleno proceso de rehabilitación, despojado de sus frescos e imágenes. Alguna de ellas, sin embargo, todavía permanece allá, con la mano o la cara tullida, y a cuenta de ello Benjamín de Tudela y Julio Llamazares se enzarzan en una amable discusión sobre las tendencias actuales en la restauración de tallas. "Es que mi mujer es restauradora", apostilla el escritor, y suena a una disculpa, como si tratara de restar importancia a su amplio bagaje cultural, el cual no le impide mantener intacta su capacidad de sorpresa. "Esto es increíble", repite por ejemplo al ver la impresionante Puerta del Juicio, cuando salimos de la catedral.
Terminamos nuestro recorrido en un bar. Julio Llamazares pide unas cañas y pinchos. Tiene que salir a la carrera hacia Valladolid, donde por la tarde firmará libros. Se encuentra en plena promoción, a su pesar, de su esperada y última novela: El cielo de Madrid, que evidentemente transcurre en la capital de España, para disgusto de todos esos que han colgado al escritor leonés la etiqueta de "escritor rural".
"Lo de rural o urbano son calificativos que sólo tienen interés académico -explica algo aburrido-. Yo creo que soy un autor fundamentalmente urbano por una razón: porque he vivido casi toda mi vida en ciudades (ahora, por ejemplo, vivo en Madrid), porque mi mirada y mi formación son urbanas... Calificarme a mí de escritor rural no está bien ni mal, es que no es cierto”.
En "El cielo de Madrid" junto a elementos recurrentes en su obra (la memoria, el paso del tiempo...) Llamazares aborda por primera vez el tema de la fama, que compara con el infierno, al cual manda a críticos y personajes del mundo de la cultura. .. "Es mi propia experiencia ", reconoce. "Mi visión de lo que se llama el mundo literario o el mundo de la cultura, que ni es mundo ni es cultura. Yo, por salud mental, prefiero vivir fuera de él. Todo lo que rodea la literatura no tiene nada que ver con ella ni conmigo. A mí lo único que me interesa de la literatura, en definitiva, es escribir", sentencia.
Y tras apurar su cerveza y engullir una croqueta se despide algo apresuradamente, no sin antes repetir que le encantaría volver, recorrer con más calma las Bardenas. "Esto es la... sic", concluye.
El cielo de Madrid
Julio Llamazares
Alfaguara, 2005
18,95 euros
Crónica generacional de finales del siglo XX, esta novela es también una reflexión sobre la búsqueda de la felicidad que para Carlos, el protagonista-narrador, y sus amigos simbolizan el cielo de la ciudad y el que hay pintado en el techo del bar en que se reúnen todas las noches. Julio Llamazares regresa a la novela con esta historia que parece más soñada que real, como la ciudad que su protagonista pinta mientras la vive.