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25/03/2010 - BARDENAS EN LA PRENSA
Castildeterra
Por Santiago Cervera Soto
  Santiago Cervera Soto, autor del artículo. DDN

El pasado domingo y en este diario (Diario de Navarra), José Javier Uranga escribía sobre el carácter desértico del paisaje de las Bardenas. Su artículo trazaba el perfil geográfico de la zona y argumentaba que por encima de las similitudes plásticas que pueda tener con el mismísimo Sáhara, las Bardenas no son un desierto ni por razones biogeográficas ni geomorfológicas.

 

Citando sus palabras: "No hay dunas, ni oasis, ni nómadas, ni ausencia de vida vegetal, ni falta de drenaje hacia el mar (exorreismo), que son las características de los verdaderos desiertos". Sobre esos didácticos párrafos aparecía una ilustración de César Muñoz Sola en la que se advertía la contundencia de las estructuras habituales en la Blanca. Y a través de ellas, se captaba muy bien la característica esencial con la que se topa cualquier visitante de Bardenas: la erosión. Los barrancos, que a veces se labran siguiendo la correntía un mero agujero hecho por un conejo, son representaciones dramáticas de la viveza del medio geográfico. Y las placas de piedra, que parecen desprendidas la misma noche anterior, atestiguan el movimiento continuo del todo el paisaje. Y así como en un desierto se advierte un estadío de erosión casi finalizada, en las Bardenas parece estar aconteciendo ante nuestros ojos. Esa es también una diferencia con el Sáhara, apuntada por Uranga al calificar a las Bardenas como zona sub-árida. Es, casi perceptiblemente, un capítulo abierto de la evolución de la tierra.

El símbolo de la Bardenas, e incluso de Navarra, es el cabezo de Castildeterra, también conocido como "la chimenea de las hadas". Junto a él paran los ciclistas, aparcan los coches y de vez en vez aparece un equipo de fotógrafos que lo toman como escenario para cualquier posado. Sin duda, es el elemento más fotografiado de todo el parque, el más referencial. Es la silueta icónica que traduce la palabra bardena. Pero también es el elemento más inestable, el que parece asumir una transitoriedad inquietante. Encima de la columna arcillosa descansa una placa de piedra gruesa, que ha perdido apoyo en su base y se puede percibir al vuelo. Será cuestión de tiempo -días o décadas, pero en todo caso una escala perceptible- que se desmorone. El día que ocurra será una noticia que veremos en televisión, y tal fotografía aparecerá en la portada de este periódico. Surge una pregunta que no es nueva, y en cambio cada día es más intrincada: ¿hay que hacer algo artificial para mantener Castildeterra como aun lo vemos hoy día?

Habrá quienes lo pretendan. La solución tendría que consistir en añadir un anclaje a la losa e indefectiblemente mitigar la erosión de la lluvia y el viento sobre la columna, cuya mengua presagia la caída de la piedra erigida. Si no se hiciera, el desmoronamiento llegará pronto y los aguaceros posteriores disolverán el promontorio resultante. Si se hiciera, salvaríamos un símbolo. Pero ese día las Bardenas dejarán de ser lo que son, un área viva y en permanente transformación, para convertirse en otra cosa, en una simple curiosidad estética. Dejará de ser tierra viva y adquirirá el carácter de decorado de conveniencia.

Bardenas no es un desierto por otra razón poderosa. Los desiertos paran el tiempo, anulan el sentido que tiene contar las horas, los días o los años. Un humano en un desierto, por definición, está perdido. En Bardenas el espectador tiene a su alcance la capacidad de emocionarse y experimentar que su medida del tiempo tiene cierta compatibilidad con la medida del tiempo de la propia naturaleza. El paisaje cambia, parece más efímero, parece más casual. Por eso es mejor dejar que las cosas sigan como siempre fueron. El día que caiga el cabezo constataremos una secuencia natural en la que cabe nuestra mirada.

Santiago Cervera Soto

Presidente del Partido Popular de Navarra (PPN) y Diputado en el Congreso.

  Fuente: Diario de Navarra